Sobrevivir

"Una fuerte explosión a lo lejos que va borrando las tinieblas para iluminar el pueblo como si fuera una fogata de dolencia. Llega la segunda interrumpiendo la quietud relativa. Hace frío. La sede del ministerio servio de gobernación está ardiendo. Está por derrumbarse. Escuche Ud. las sirenas distantes. Escuche Ud. los gritos espeluznantes por ayuda comenzando de nuevo. Me cubro las orejas con las manos dobladas alrededor de la cabeza. Ya no dejo que ingrese en los oídos ni un solo ruido más. Estoy rodeado de todos lados por el sonido de tortura y saqueo. Hace mucho frío, y estoy espantada. Nunca se termina este gran sufrimiento. Debe de haber comenzado la tercera noche de bombardeos, la caída de otro misil crucero de la OTAN. El reloj de arriba acaba de dar tristemente las once. ¿Qué nos van a hacer a nosotros esta noche? Bastan ya los fusilamientos. Demasiados albaneses han muerto por la independencia. Todos mártires. Un aldabazo súbito. ¿Quién estará a la puerta? Un policía servio está preguntando por mi padre, por todos los hombres. Los llevan a un cobertizo remoto en el bosque. Los hombres albaneses tienen que hacer cola al lado de la pared. "Deje que los salve la OTAN," pronuncia el policía antes de fusilarlos. Hace muchísimo frío, y estoy espantada, y estoy alicaída poniéndome de luto. Bajo tales circumstancias, ¿cómo se puede sobrevivir? ¿Cómo sobrevive el alma de los seres humanos? ¿Cómo sobrevive el amor?"

- Ema Fuertinko ~ el 27 de marzo, 1999

Durante la guerra, la filosofía se va apresuradamente para las montañas. Lo más importante es sobrevivir. Ella había sobrevivido. Hacía frío todavía. Era un día lluvioso, y bajo las nubes tormentosas, dentro del baño débilmente iluminado de una casa módica Ema empezó a contemplar esos profundos pensamientos al cerrar el diario cuyas páginas descoloradas lloraban a manchas de sangre para entonces. Aquella tercera noche de los bombardeos, perecieron, por obra de los servios, su padre y su novio querido a quien ella se comprometió hace unos meses. Eran indivisibles como carne y uña. Para entonces, habían pasado dos semanas desde la horrible noche. Tras veinte noches de bombardeos constantes por la OTAN, Ema estaba abatida verídicamente a punto de suicidarse, si no la mataban todavía los fusiles de los servios ni las bombas de la OTAN. Su madre, la única pariente viviente, se fue más temprano a ponerse en la cola para conseguir alimento, que a ellas les faltaba hacía una semana. Como cerraron los mercados albaneses desde caer la primera bomba, los servios prohibían la venta de comida. Así que había que convertirse en mendigo para conseguirla. Súbitamente, los pensamientos de Ema fueron interrumpidos por una llamada a la puerta que le pareció a ella igual que la de la noche de los fusilamientos. Se puso prontamente asustada. Al abrir la puerta, se encontró cara a cara con un policía servio. "Uds. tienen que desocupar la casa. Nos vamos para Macedonia dentro de una media hora. Les quedan veinte minutos para recoger los efectos personales. Salgan de aquí, o los van a matar," dijo el agente con monotonía en voz desagradable. "Y qué hay en cuanto a mi mamá? Ahora no está," Ema le respondió al miliciano. "No se preocupe. Ella estará con los otros. Todos se van a desplazar." Sin esperar que Ema le replicara, el policía dio media vuelta y salió andando confiadamente hacia la casa de al lado.

"Recoger los efectos personales," Ema escarneció al policía. ¡Qué barbaridad! A lo largo de la guerra, los servios les habían robado casi todo a los albaneses. No les dejaron nada aparte de su hondo nacionalismo kosovo y una sed de independencia. Fue un delito indisculpable e irreverente. Ema regresó al baño y se paró ante el espejo. Miró su reflexión fija. Tanto había cambiado desde la niñez. Aunque fuera diminuta, a los veinte años de edad Ema parecía más madura que las otras. Llevaba un vestido sencillo que alguna vez fue blanco antes de ser mitigado por la guerra hasta volverse tan gris como el cielo que entonces amenazaba llover a cántaros sobre el pueblo desanimado. Ella se parecía a un ángel; lo único que le faltaba era el halo. Ligado alrededor de su cuello estaba un amuleto reluciente, hecho de vidrio moldeado en forma de globo terráqueo e inscritos todos los continentes en la cara. Jamás se lo quitaba. Su rostro pálido y descarnado sufría de desnutrición, pero lograba quedarse bonita como siempre a pesar de las penas insoportables. Por su boca estrecha pareció esbozar silenciosamente con los labios las palabras "Estoy perdida." Su pelo largo moreno, que se extendía hasta los hombros, estaba puesto en cola de caballo para revelar las mejillas que eran tan descarnadas que se veían claramente los pómulos. Sus ojos no eran alegremente brillantes como los americanos, sino deslustrados y fascinantes. Eran inclinados como si fueran asiáticos debido en parte a los días que ella pasó hambre. Sus ojos parecían vacíos del deseo, el cual le habían quitado los servios como casi todas las cosas. A pesar de todo, el rostro de Ema tenía una impresión de calma. ¿Era por el horror enervante de los bombardeos, o era que ella supiera algo del que no se daban cuenta los demás?

Lo único que le quedaba a Ema, aparte de su madre y del amuleto que le regaló su abuela cuando Ema cumplió los siete, era su violín antiguo y un disco fonográfico de una grabación de Sibelius titulada Finlandia. Ese himno de independencia finlandesa se había convertido en su canción kosova. Ella podía hacer cantar las cuerdas del violín como canta una gran soprano de ópera, y soñaba con tocar su instrumento, desde la niñez, con la orquestra real de Londres. Sin embargo, soñaba entonces con sobrevivir para ver la próxima puesta del sol. Metió el violín y el disco, conjuntamente con todos los sueños y todos los recuerdos, en su bolso blanco de lona. Otro policía llegó a la puerta, anunciándose con un aldabazo más fuerte que el primero. Éste estaba vestido completamente de luto, y tenía una cara melancólica. ¿Había sido testigo de demasiados fusilamientos? El miliciano la hizo a Ema bajar la vista con su mirada. "Sígame." Ema, amedrentada, dejó su hogar querido para siempre, despidiéndose por última vez del dormitorio en el que había nacido. Al salir de la casa, el policía la arregó súbitamente por el cuello. Se lo torció, y estaba a punto de desnucarla hasta quitarle a ella lo que deseaba. El policía la soltó y metió en el bolsillo de su abrigo el amuleto de vidrio que Ema jamás se había quitado desde que su abuela se lo regaló hacía quince años. "Éste no lo necesita Ud. en Macedonia."

Ema se reunió con su mamá al hacer cola con los otros: ancianos, madres e hijos. Los servios habían matado a todos los hombres bastante mayores con edad de luchar. Los refugiados salieron marchando en fila del pueblo hacia dondequiera mientras los servios los vigilaban por todos lados para mantenerlos disciplinados. ¿Encontrarían refugio o muerte? Las mujeres albanesas empezaron a cantar versos infantiles para consolar a los niños. Ema oyó por detrás otro sonido de vidrio destrozándose, y al dar media vuelta, vio al policía que había venido a llevarla. Estaba pisando una y otra vez el amuleto que Ema guardaba como tesoro. El globo se despedazó hasta que África estuvo encíma de Norte América. Las lágrimas comenzaron a salir corriendo de los ojos de Ema, pero la ola de refugiados seguía andando sin hacer caso del delito. Pasaron por el lado de tiendas pilladas por los servios, y los pedazos de cristal de ventanas rotas yacían, derrotados, en la acera como los mil y un pedazos del amuleto. Ema quería recogerlos, pero apenas podía reunir los pedazos de su propia vida estropeada. Las tiendas que tenían las etiquetas engomadas pegadas a las puertas eran servias, y nadie las molestaba. Un guardia servio, quien no debía de tener más de veintiún años, le echaba vistazos a Ema de vez en cuando mientras él pensaba que ella no se daba cuenta. Era ejemplar típico de los policías pero bastante guapo. A Ema sus ojos le parecían canicas. Su cara rubicunda estaba rodeada de una aureola, como si no se hubiera percatado todavía del gran peligro de la guerra.

Los albaneses pasaron cerca de un hombre viejo desamparado apoyándose contra la pared de un edificio gubernamental que se había convertido en hoyo hecho por la bomba caída la noche anterior. Salvado por su edad, el anciano albanés estaba golpeando ligeramente su reloj en la mano izquierda como si estuviera tratando de parar el transcurso del tiempo. Ema deseaba que ya no pasara el tiempo para que los albaneses se escaparan por fin de la tortura diaria. Se detuvo por un rato para recobrar el aliento. Más adelante, dos ardillas estaban jugueteando en el parque, bombardeado hasta volverse nada más que cenizas, una persiguiendo a la otra motivada por la aventura amorosa. Aunque los seres humanos no pudieran mantener la paz, los animales coninuaban celebrando el amor de una existencia sencilla. Ema se extrañó de ese raro ritual que pasaba entre una ardilla gris y una pardusca castaña. ¿Se darían cuenta de que eran de colores distintos? ¿Eso les importaba? Al cabo de la gran caza, la gris logró conquistar a la pardusca. Apenas había llegado la primavera, pero ya empezó el período de brama en los animales. Para ellos, el amor era sencillo y salvaje. Se reducía de significado hasta volverse pura propagación.

A las once y media de la noche, los refugiados albaneses cruzaron la frontera entre Kosovo y Macedonia. Ya había más de 10.000 kosovos allí en el campamento los que Ema encontró llorando y pidiendo desesperadamente aun una pequeña porción de comida. Pero había demasiados, y la OTAN no les quiso ayudar. A lo largo de las últimas semanas, Macedonia advirtió que iba a limitar la entrada de refugiados de Kosovo y que planeaba movilizar tropas para frenar el ingreso ilegal de kosovos desplazados. La enorme ola de refugiados de Kosovo parecía más de 50.000, y en Macedonia no cabía ni una sola persona más. Por suerte, Ema y su mamá habían atravesado antes del cierre total de las fronteras. El campamento estaba situado al lado de un lago de agua azul que brillaba a causa de la luz emitida por la luna, y los recién llegados iban haciendo sus tiendas de campaña para pasar la noche alojados con seguridad. Ema se sentó ante una hoguera, la cual iluminaba la barriata como mil y una bombas, para hacerse entrar en calor. Se puso bien consolada por las llamas calmantes nada más acostarse. Luego, un policía serbio que Ema no reconocía se le acercó a ella trayendo en las manos una hoja de papel doblada en dos partes que no llevaba ningún adorno. "Un amigo mío me pidió que yo te la entregara," le dijo severamente. Le tendió la carta, y se fue dirigiéndose hacia la frontera. Ema tenía miedo de desplegar la hoja. ¿Sería un decreto de muerte? Ya no le importaba. No le quedaba nada aparte de estar viva, y estaba por morir de desnutrición además. Abrió la carta arriesgándose, y se puso a leerla.

"Querida desconocida:

No sé quién es Ud. Me doy cuenta de que nacimos en mundos distintos. Yo soy servio y Ud. es kosova. Soy de Belgrado y Ud. es de Pristina. Sin embargo, hemos llegado a habitar el mismo mundo de piedad. Ambos deseamos alcanzar la paz y salir lo mejor posible de esta guerra absurda. Soy un guardia empleado por el gobierno yugoeslavo, y me han designado el deber de matar a los albaneses, pero eso no lo acepto. Jamás hablo con los albaneses por los consejos de mi jefe, pero desde el momento que la vi por primera vez, la he querido desesperadamente. Ud. tiene una cara que cruza la barrera de la nacionalidad. Sus ojos son capaces de borrar toda la frontera. Sus labios son más rojos que el derramamiento de toda la sangre perdida en los campos de batalla. Dígame que todavía no está comprometida. Dígame que podríamos conocernos. Como mis compañeros malvados no le han dejado a su gente ni un solo centavo, Ud. me deja sin resuello. No soy como ellos. Como Uds. han perdido tanto, Ud. me hace perder el latido del corazón. La acepto como es. No me deje desesperado. Ud. me parece una princesa que merece ser tratada así como una reina. Si desea hablar conmigo, nos reunimos a las doce en la pila.

Con esperanza sincera de conocerla,
Marcos"

Ema no sabía lo que hacer. Estaba corta de resuello con sudor fresco manifestado ya en su frente. ¿La esperaba una trampa? De veras, estaba curiosa, y tenía ganas de hablar con el servio romántico. Aunque tuviera miedo, deseaba conocer al escritor que afirmó quererla con tanta pasión. Al fin y al cabo, decidió ir al lago.

Ema llegó, nerviosa, a la pila alrededor de las doce. Hacía frío, y estaba disfrutando de la brisa que salía de vez en cuando del lago. Miraba las gaviotas agarrando su último pez antes de regresar a sus nidos para dormir. Hace mucho tiempo que estaba tan contenta de vivir. Inesperadamente, sintió el tacto de una mano contra su hombro derecho. Dio media vuelta, y se encontró frente al policía joven de cara rubicunda que la había mirado antes de cruzar la frontera . Sin decir nada, él le tendió la mano a Ema con ternura, y la aceptó agradablemente. Su palma estaba sudosa a pesar del frío. El tiempo, que se había paralizado a lo largo de la guerra, parecía avanzar más rápidamente sin miramientos de los buenos modales. Se abrazaron como suceso natural, y el reloj distante de la vieja ciudad dio la medianoche. Aunque se señalaba que para el resto del mundo otro día se había terminado, el nuevo día acababa de empezar para los dos. Ema miró fija la luna, en la que se le parecieron manifestar todos los continentes del mundo que decoraban el amuleto roto. Pensó que en cuanto a la vida, todo está completo con tal que se tenga el amor. Pase lo que pase, el amor sobrevive para distinguir entre los animales y los seres humanos.

Lo que más pasó esa noche y después no importa. En aquel momento de conocerse los dos jóvenes, nació un fuerte amor que no se puede reproducir. Saltaron por arriba las barreras que los contenían. ¿Qué se piensa de tal historia? ¿Una canción anticuada de amor? Sí se puede decir. Los que saben mejor son los que han deseado parar el transcurso del tiempo para reponer la vida desatinada y han encontrado el amor. Qúe felices seríamos si todos lo halláramos así. Solamente nos mantenemos esperando.