La venganza del alimento •••
por Marsh WongLa sola luz que iluminaba el comedor privado del restaurante brillaba como los faros de las baleares distantes. El aire estaba mohoso y olía al humo de mil fumaradas. El hombre gordo español sentado enfrente de los dos árabes les pidió la sal, la cual empezó a rociar copiosamente nada más llegar a sus manos, sobre la carne de ternera y el brécol que se ahogaba en la salsa holandesa más rica de toda España. El hombre español, entusiasmado, volvió a comer ese alimento grasiento e indudablemente engordador, a pesar de las órdenes recientes de su médico especialista madrileño. El gordo se llamaba Fernando de las Ciénagas. A él no le cabía duda ni le importaba que los árabes fueran descendientes de los moros malvados de los que su bisabuela hablaba tanto cuando era niño. Los tratos comerciales siempre le interesaban más que las tendencias nacionalistas. Además, esos árabes apenas eran españoles, vestidos así de etiqueta con trajes civiles y turbantes extranjeros. En este momento, no se hablaba de negocios, sino del concierto de que acababan de salir. Para lisonjear bien a sus socios, Fernando los había llevado a ver una interpretación, por la orquestra de Barcelona, de Le sacre de printemps, la partitura de una obra de baile clásico, compuesta por Stravinsky, que se trataba del pasado págano de Rusia. Entonces, los tres estaban disfrutando de la comida sabrosa y burlándose de cualquier cosa, casi borrachos por el vino tinto que seguían bebiendo como si fuera limonada. Fernando bebía vino de vez en cuando, pero jamás hasta emborracharse, a causa de los consejos de su mamá que las bebidas alcohólicas prevenían ataques cardíacos.
Fernando, un hombre de negocios desde que había cumplido veintiún años, tragó con una bocanada de vino la pastilla que le curaba la dolencia cardíaca, recogió el cuchillo y el tenedor y se puso a cortar la carne en tajadas. Gotitas de sudor ya se habían empezado a manifestar en su frente, y amenazaban inundar el resto de su cara. Fernando se asomó a los árabes, para evaluarlos, por sus anteojos redondos, iguales que su rostro, que se parecían a tapas de botella y que intentaban conquistar cada pulgada de su nariz. Los armazones de oro reluciente demostraban la riqueza de Fernando, distrayendo a cualquier persona del pelo corto que se ponía cano cada día más rápidamente. Él siempre llevaba barba para encubrir su rostro sanguíneo del color de sangre, pero su bigote estaba cubierto para entonces de salsa holandesa. El cuello grueso de Fernando señalaba su barriga que quedaba, hinchada, suspendida sobre el cinturón que siempre estaba abrochado demasiado apretadamente.
Fernando de las Ciénagas andaba siempre alegre y tan festivo que para muchos era bien parecido a San Nicolás. Sin embargo, él apenas era tan perfecto como el personaje ficcional. Hablaba en voz alta, casi a gritos, y masticaba groseramente la comida con mala educación y sin tomar en cuenta que la comida también vivía alguna vez. Comía más rápidamente y con entusiasmo más grande que la ferocidad que coge un tigre cuando devora a su víctima. Ponía la mantequilla en cualquier alimento, a pesar de su delicia original. Es probable que los árabes hubieran estado más avergonzados por este comportamiento de Fernando si no se hubieran metido en ese comedor privado, aislados de todo el mundo. Claro que Fernando era soltero y sin hijos hasta el fin. Lo único de la vida que a él le encantaba era la comida. Se enamoró de la comida desde que surgió del útero de su mamá. Carne de res o de ternera o de pato, pollo, pavo - - el tipo no importaba. Con tal que tuviera grasa y buen sabor, Fernando lo disfrutaba con un gusto que no podía calmar. Él se reía de los activistas que se manifestaban por las calles para preservar los derechos de los animales. "Vegetarianos locos," los llamaban. Le gustaba demasiado la carne para preocuparse de algo más que cuánto dinero le costara a él.
Cuando llegó la hora del postre, Fernando ya estaba repleto, pero pidió pasteles y café como de costumbre. El camarero se los entregó en seguida. Los árabes, quienes casi no tocaron su comida, no pidieron nada. Decidieron divertirse burlándose en silencio de su socio español. Fernando no desperdició ni un solo segundo y se puso a comer ruidosamente al llegar el café. Tomó un bocado del pastel, y sintió de repente un fuerte dolor del pecho que no pudo sorportar. Se agarró la camisa y se cayó súbitamente al suelo, poniéndose boca arriba. "ˇSocorro!," gritó a todo el mundo. Los árabes no sabían lo que hacer. Entonces, salieron corriendo del comedor para buscar ayuda.
Cuando volvió en sí, Fernando se encontró puesto de la misma manera que estaba como antes de desmayarse. Se levantó y se puso de pie. Ya no le dolía el corazón. Sin embargo, el dolor fue reemplazado de pronto por el horror de despertarse en un mundo extraño y desconocido. Pensó que debía de estar en el infierno. En las tinieblas no sintió nada aparte de un calor moderado. Metió la mano derecha en un bolsillo de sus pantalones en busca de un fósforo. Cuando lo halló, lo sacó y lo encendió nerviosamente. La luz reveló un paisaje desolado que Fernando pensó, a primera vista, que se podía encontrar en el mundo que había dejado al perder el conocimiento. Sin embargo, al fijarse en los pormenores, él se dio cuenta de que este mundo no era el mismo. Delante de él pero bastante lejos, un ternero, blanco por completo y desnutrido, estaba apacentándose en un campo de las que le parecían hojas de espinaca. El campo estaba rodeado por unos árboles cuyas hojas eran bulbosas como bombillas verdes. De una manera diferente de los árboles que Fernando solía encontrar en el mundo real, sus troncos también eran verdes y tan suaves como los pétalos de violetas. Los árboles parecían semejantes al brécol que él acababa de comer. Fernando se ladeó la cabeza para mirar el cielo. Donde debían estar las estrellas observó una infinita oscuridad. La luna le parecía una rebanada de queso suizo y estaba desapareciendo en el eclipse en ese momento mismo como si alguien la estuviera comiendo. Al volver a fijarse en el campo, se dio cuenta de que un líquido amarillo y extraño estaba consumiendo a todos los seres vivientes de este mundo. Fernando tenía miedo de que el líquido también lo comiera a él. Trató de avanzar sólo un paso, pero el líquido era casi demasiado pegajoso, y tuvo que tener cuidado. Dejó una huella en el lodo ácido que era parecido a los aguas cloacales.
Al comenzar su aventura, este nuevo mundo le parecía a Fernando una utopía. Por lo menos ya no estaba sufriendo del dolor del pecho. Pero su buen humor se convirtió en espanto como sus alrededores se empeoraron de pronto inesperadamente, poniéndose terroríficos. Empezó a escuchar un ruido rítmico y distante que se parecía al toque ritual de un tambor ancestral, tal vez de la obra de Stravinsky que oyó más temprano esa noche misma. Eso lo asustó, y pareció que tampoco les gustó a los árboles ni al ternero. Los árboles de troncos verdes se desarraigaron ante él, y sus raíces se convirtieron en piernas al levantarse. El ternero creció hasta alcanzar el tamaño de tres toros, a la vez encornando y volviéndose adulto. Si los árboles son capaces de enfadarse, así se cogieron rabia. El ternero recién convertido, o sea vamos a decir el toro, se alistó para cargar a Fernando. Los árboles se gritaron enfadados. De repente, el toro y los árboles se echaron a correr hacia Fernando al mismo tiempo. Él decidió hacer lo mismo, corriendo en busca de alguna salida para salvarse de este infierno. Los animales le dieron caza, y estaban por alcanzarlo a cada paso hasta que Fernando vio una poca luz por el camino adelante. Entró en la apertura en cuanto la alcanzó. Los cazadores todavía estaban detrás de él, pero ya no estaban tan lejanos como antes.
Siguió corriendo, casi sin aliento. Entonces, Fernando se encontró en lo que le pareció un túnel que era torcido más adelante de modo que él no podía ver si había fin. Estaba perdido de nuevo en las tinieblas, pero supo que ya no estaba pisando el mismo lodo pegajoso como antes. Este líquido que Fernando sintió en ese momento no tenía solidez. No era amarillo sino carmesí. El techo chorreaba este agua roja, y el ambiente estaba oscuro y desagradablemente húmedo. Una gotita del misterioso fluído cayó en la lengua extendida de Fernando, que estaba jadeando para entonces como si estuviera a punto de dar el último suspiro. El agua carmesí tenía un sabor más salado que el mar. Sin embargo, era menos densa que el océano.
El toro y los árboles se les estaba acercando a Fernando, y el latido ceremonial, lo que fuera, se intensificó más a cada paso de él. El pasaje redondo se estrechaba mientras él avanzaba, y Fernando tuvo que agacharse para evitar que su cabeza chocara con el techo. Al dar vuelta a la curva, descubrió otra apertura más pequeña que la primera. Sabía que iba a tener que arrastrarse para caber, pero le era claro que él no tenía bastante tiempo como ya podía sentir a los cazadores. Entonces, saltó para la luz y fue clavado por los hombros. Aunque sus alrededores fueran resbaladizos, no se podía mover de ninguna manera. Oyó las pisadas del ternero cornudo y el susurro del brécol acercándose a él rápidamente. Fernando se puso espantado de que la mayoría de su cuerpo, desde el pecho hasta los pies, fueran a devorarle la carne y las verduras. "Magnífico," pensó. "Me alegro de que ya no tenga que preocuparme por las enfermedades del corazón." Eso era cierto como hecho. El latido llegó a ser tan intenso que los tímpanos de Fernando estaban por romperse. Él oyó lo que se pareció el sonido de un millón de cataratas y sintió una presión insoportable. Por un solo momento, avistó el río de agua carmesí que fue inundando el corredor ante su cara. Cerró los ojos y se puso a esperar el fin de esta locura. El río se agitó, golpeando la cara de Fernando con gran fuerza. El agua no pudo pasar por ese dique humano. Fernando no podía respirar ya y el latido estaba absorbiéndolo hasta casi ahogarlo. En los últimos momentos, él se dio cuenta de que había encontrado una arteria de su propio corazón. El sonido llegaba gradualmente más despacio y dejó de sonar al fin y al cabo. Al pasar unos segundos, Fernando perdió el conocimiento.
Volvió en sí del desmayo. Por fin, había terminado su pesadilla. Al abrirse los ojos, el espanto le volvió a Fernando en seguida. Se encontró flotando en el aire sobre un hombre español y gordísimo acostado, boca arriba, en el suelo. Los médicos estaban tratando de resucitarlo sin lograrlo. Ese hombre se parecía a Fernando de las Ciénagas, y había sufrido un ataque cardíaco. El Fernando que estaba despierto y levantado se enforzó por cogerlo al otro, pero no pudo. Sus manos transparentes solamente pasaron por el cuerpo y nada más. Mientras el Fernando despierto se levantaba, pasando por el techo del restaurante hacia las nubes, continuaba mirando fija al otro que pareció convertirse en una manchita de polvo casi invisible. Como dice la Biblia, ceniza y polvo, nacido y muerto. La manchita se iluminó y creció hasta llegar a ser un globo de luz. Fernando de las Ciénagas dio un paso con rumbo a la luz, y se sintió absorbido.