Wong y yo
Hace mucho tiempo a las cinco de la madrugada de un día apropriadamente lluvioso y primaveral, el cual recuerda sólo él mismo, Marsh Wong nació en Houston el trece de abril del año mil novecientos ochenta. Jamás he logrado conocerlo bien porque dejó de seguir lo predestinado desde que surgió del útero protector de su madre. Ha sido influído desde entonces cada momento más por los sabores, por los olores, y por las nuevas y reconocidas imágenes que recorren la experiencia humana. Al nacer, yo dejé atrás a quien yo había de llegar a ser desde el principio, cediendo esa identidad a la eternidad del instante del nacimiento, y comencé a ir por un camino indefinido e indeterminable, siguiendo todo derecho hasta lo que pasara pasara. Después de aquel nuevo comienzo, esta vida mía empezó a dar en lo esquizofrénico, con polos opuestos como chino europeo, ingeniero artista, dedicado haragán. Wong, siempre exitoso, vive constantemente celebrando los grandes productos de sus esfuerzos, dejándome a mí bien torturado, al mismo tiempo, por las horas de indiferencia entre ésos.
Wong es artista desde la perspectiva del verdadero significado de la palabra, aunque quizás no sea tanto en el sentido popular. Estudia para ser ingeniero y matemático, pasando por alto la historia y riéndose a menudo del arte moderno. Sin embargo, cada persona llega a ser artista de alguna manera tal vez inesperada. Lo artístico del espíritu y la habilidad de pensar como crítico, las mayores facultades de intensidad de expresión, son las características que separan a los humanos de los animales salvajes. De veras, el arte es algo intrínseco del corazón. Para cada hombre, a pesar de ser distinto uno del otro como político, pintor, profesor, o aun asesino serial, le llega su propia especie de arte de una manera distinta de ser, el único antagonista de la cual es la vanidad o estar motivado por satisfacer a alguien además de sí mismo. Y cada artista puede llevar a cabo los deberes como falsificador y demagogo. Es la ocupación de todos los artistas, y por eso de todos los ciudadanos del mundo entero, preocuparse de fingir lo que se puede falsificar fácilmente. Como artista de cierta manera, tengo mucho miedo de engañar así a los que me tratan con estima de modo serio. Wong y yo habitamos dos mundos distintos. Él siempre se encuentra en el mundo en que residen el cuerpo y el trabajo, y yo en el reino que ocupan los pensamientos constantes y los sueños casuales. Muchos decían que yo era fraudulento desde el punto de vista de las acciones planeadas para atraer la atención de todo el mundo. Ahora que nos hemos vuelto adultos y universitarios y que nos hemos escapado de la inmadurez, me preocupo más por magnificar lo terrenal y por falsificarme, encubriendo lo malo, quienquiera que sea en realidad o en la fantasía que me molesta tanto a mí.
Yo siento como si Wong hubiera aprobado mucho debido a las palabras escritas y no tanto por lo que quieren decir éstas. Nunca ha sido tan listo como los demás en cuanto a la literatura o a la historia. Es que desde niño, él fue enseñado a escribir bien, y por eso, tuvo mucho éxito a pesar de que careciera de la intuición y de que su mente funcionara tan despacio. Con frecuencia, yo trato de explicar racionalmente ese éxito falso, pero simplemente no puedo evitar que él es estudiante de idiomas por lo general. Inglés, español, italiano, cuál sea no importa. Se obsesiona invariablemente por alcanzar la excelencia. Si le quitaran el diccionario y todos los instrumentos de engañar a los profesores y de perfeccionarse, nada le quedaría a él aparte de unas ideas malformadas y una falta de estructura. Wong es mágico experto y toma bien los exámenes. Otramente, el talento de él que se destaca sobre todos es embaucar a los demás. No goza de ninguna característica de jefe ni de seguidor dedicado. Es demasiado débil para ser cualquiera de los dos. Todos los grandes triunfos los he cumplido yo sólo en los sueños, los cuales me ocupan el día sin terminar.
Irónicamente, lo que me parece el mayor pasatiempo también me lleva a la mayoría de los problemas. Yo fantaseo constantemente, ilusionándome de cualquier cosa que yo desee. Cuando me ducho, pasando una media hora disfrutando de la lluvia, me encuentro en una sala de conferencia ante muchos alumnos entusiasmados pero no informados. Les enseño cada aspecto de la gramática como ningún profesor pudiera lograr nunca. Cuando miro los noticiarios, soy el presentador famoso millonario o soy el diplomático que controla lo más preciso de la política extranjera. Cuando escucho la música de Perlman, me convierto en violinista, aunque yo tocara el piano por seis años desde cumplir cinco. Aun por sólo un instante, yo hago cantar las cuerdas tan contentamente como él. Y cuando el profesor nos instruye, sueño con las chicas que jamás saldrían conmigo. La fantasía y la música me recorren una y otra vez cuando Wong intenta trabajar duramente, resultando que nosotros tardamos unas horas en leer sólo dos o tres páginas. Me detengo despierto por la noche después de acostarme, encima de la cama simulando unos diálogos interminables. Como Borges trató de librarse de los elementos indispensables de sus cuentos, también he tratado yo de escaparme de la imaginación que me ayuda tanto a abrirme paso por las barreras que me contendrían. Pero como Borges no sería Borges sin jugar con el tiempo y sin hacer las lindas simetrías, yo no sería yo si no fuera soñador, aspirando a tocar las estrellas en todo momento. Los diálogos simulados y los discursos inexistentes que imagino le ayudan a Wong a tener muchísimo éxito. Es algo que no se puede describir ni entender bien.
Al fin y al cabo, Wong y yo somos la suma de todo lo que nos ha venido a pasar a lo largo de nuestra vida a nosotros dos. No somos nada más ni nada menos. Si la vida artística de los demás se parece a una sinfonía, la nuestra se parece más a un solo de violín. Aunque yo acabe de afirmar que la vida del artista es una síntesis de muchas experiencias, hasta ahora, mi vida ha estado compuesta de muchos pequeños placeres. Esa metáfora me hace pensar en una obra específica de violín: "Zapateado" por Pablo de Sarasate. Si una obra única de música nos pudiera describir por completo, sería muy semejante a la de Sarasate. Es por eso que me encanta tanto. Al principio de la pieza, la música nos llega bastante lenta, como Wong emprende un largo proyecto, empezando tan despacio. Como él utiliza cualquier técnica posible de ilusión para desempeñar los deberes, el violinista que cumple "Zapateado" tiene que tocar las cuerdas de todos modos distintos que no se pueden contar. Entre los movimientos de mayor intensidad de la pieza de Sarasate, parece que el compositor va más despacio que antes para disfrutar de la vida. Se puede decir eso de mí, después de que Wong saca una buena nota o de lo que sea. Nos admiramos demasiado para continuar trabajando y siempre nos encontramos celebrando y deseando disfrutar del éxito. Para mí, es verdaderamente un talón de Aquiles. Por fin, "Zapateado" es bastante alegre, por la mayor parte, para elevarnos, pero se puede percibir todavía una tristeza implícita que penetra la pieza. Yo ando así, feliz pero siempre determinado y apeteciendo algo mejor.
La comparación anterior entre la vida de Wong y yo, y la pieza de Sarasate, era una gran falsificación. Es obvio que Wong todavía no ha perdido su mágica habilidad de magnificar lo que quiera. Será un charlán intelectual hasta el fin. Debe ser dicho que casi todas las piezas de Sarasate, o de Fauré, Raff, Kreisler, Brahms, o Vivaldi, pueden ser parecidas a la vida de cualquier persona. De hecho, sospecho que Wong escogió esa obra porque era española y le sentó bien. Utilizarla tan liberalmente es el lujo, dado por Dios, del artista. Traté mucho de asegurar que Wong no ingresara en este discurso, pero sí se manifestó y creo que mientras que yo continúo emprendiendo lo artístico, nunca podré librarme de él. Somos como carne y uña. Mejor que quedemos unidos para siempre. No sé cuántas de estas páginas ha escrito Wong y cuánto he escrito yo. Sé solamente que lo que hemos escrito me deja satisfecho. Sé que estoy contento en vivir torturándome y explorando como el artista que yo soy, y teniendo éxito y magnificando, haciendo vibrar las cuerdas de nuestra vida, como Wong. Así somos. Wong y yo.